2º Congreso Misionero Nacional - Argentina


Realizado los días 25 a 27 de Octubre de 2002 en la ciudad de Mar del Plata

 

Conferencia: 

IGLESIA EN ARGENTINA: SU DESAFÍO MISIONERO

María Josefina Llach aci

 

Sabemos que los momentos de crisis son en sí mismos desafíos. De los momentos de crisis -y si algo sabemos de Argentina es que estamos en crisis- se sale para mejor o para peor. Vamos a mirar este momento que vivimos como una oportunidad para rebotar, para un despegue misionero. El gran desafío, entonces es este: arrancar, a partir de aquí, ir más allá de nuestras fronteras.

Para lo cual tenemos que saber: cuáles son nuestras fronteras, y hacia dónde tenemos que arrancar, más allá de ellas.

 

La tesis que queremos proponer en esta charla es que el gran desafío misionero que el Señor nos presenta hoy es pasar, como Nación y como Iglesia, de la adolescencia a ser adultos en la fe. Para lo cual tenemos que pasar: de ser un pueblo apoyado fundamentalmente en el bautismo, a ser un pueblo y una Iglesia más adultamente centrada en la Eucaristía. ¿Cómo se nos propone esto? Vamos a mirarlo desde 4 registros:

1) desde la historia
2) desde la realidad actual y nuestra ubicación en el mundo
3) desde los dones
4) desde los límites -que son las fronteras-.

1. Registros con los que escuchamos y discernimos nuestro desafío misionero

1.1: La historia 

a) Tuvimos una larga niñez cobijada primero por nuestros hermanos indígenas, que encontraron a Dios sobre todo en la naturaleza, de muchas maneras, y le rindieron culto. 

Cobijada después por los misioneros españoles, que trajeron a Jesús, y que entre muchas luces y muchas sombras nos dejaron una unidad cultural increíble, desde el norte al sur de América. Una unidad arraigada en la fe en Jesús el Salvador, en su Madre virgen, en los sacramentos y los santos; unidad apoyada muy principalmente en el bautismo, que nos hace hermanos e iguales, porque nos hace hijos del mismo Padre. Dicen nuestros obispos:

La condición política fundamental en esta época está determinada por la conquista española... Todo el espíritu cristiano de la España descubridora se vuelca generosamente en la evangelización de las nuevas tierras. Este espíritu cristiano aflora en todas las instituciones que lentamente se van creando, en las mismas leyes nuevas que surgen de una discusión que comprometía desde el principio la misma soberanía de la Corona... Es cierto por otra parte, que aquellos buenos propósitos han sido contradichos en gran medida por los hechos... En el mismo espacio y tiempo español se produce un primer gran cuestionamiento: se pregunta por el derecho a la conquista y se discute acerca de la capacidad de los pueblos amerindios, poniendo así la base del futuro derecho internacional, que reconoce la igualdad de todos los pueblos... Pero al mismo tiempo se desbaratan las élites conductoras de los pueblos indígenas y se reconoce como justo el sistema de la encomienda, que por una parte confía al indio encomendado al español como mano de obra, y al mismo tiempo preceptúa que se lo trate humanamente y se lo instruya en la fe 

Estas dificultades reales ni empalidecen ni quitan mérito a la misión desarrollada por la Iglesia, quien, a través de la acción social de la caridad y de educación que le son propias, contribuye a formar todas las instituciones públicas. Desde el inicio influye eficazmente en las Leyes de Indias, crea casi todo lo que existe en orden a la educación de la niñez y de la juventud de ambos sexos. Ampara al huérfano y al anciano, cuida a los enfermos y defiende al indio, al esclavo y al pobre (Ibid, 13)

De esta época rescatamos por lo tanto:

-- el sustrato indígena, que nos marca en cuanto cultura amiga de la naturaleza y religiosa
-- la primera evangelización española, que se da en el marco de la conquista, y que supone:
- recibir la fe
- el esfuerzo de miles de evangelizadores, sobre todo religiosos
- la fe unida a la lucha por la dignificación de todos y en especial de los índigenas, con muchos éxitos y fracasos en estos sentidos.
- el mestizaje: una cultura que se va fraguando en la mezcla de las razas
- la lengua, un mismo idioma para 20 países -y un poco más, contando los hispano parlantes de USA-
- la lenta constitución de instituciones civiles y religiosas que promueven la participación y la libertad, aunque con tantos límites.

Podemos trazar la analogía de esta etapa con lo que supone el sacramento del bautismo. Es el comienzo de la evangelización y de la fe. La fe que se recibe, de la mano de tantos misioneros venidos de Europa. La fe que confirma la dignidad humana de los indígenas, y los defiende frente a los atropellos de los conquistadores. La fe que iguala a todos en medio de tantas diferencias de cultura, de raza y nacionalidad. Es una Iglesia que da sus primeros pasos, que depende de Europa, que se va consolidando en el mestizaje y en la conciencia de ser criollos.

Nuestra iglesia es también en estos años María que escucha el llamado de Dios a través de Gabriel, y acepta: He aquí la esclava del Señor; María, también que viene a nuestra tierra a estar y permanecer con nosotros, en la presencia morena de Guadalupe. María que trae a Jesús encarnado y que se encarna ella misma aquí.

b) Adolescencia podemos llamar a la segunda etapa, que contaremos desde la independencia, los siglos XIX y XX, aún con tanta diversidad de experiencias.

En el siglo XIX despertamos a la conciencia de uno mismo, que en nuestro caso fue la pregunta: ¿qué somos? ¿qué queremos ser? ¿quiénes somos? Preguntas que se hicieron búsquedas, con mucha sangre derramada, de hermanas y hermanos, con grandes pensadores que fueron escribiendo el país, con muchas luchas y desencuentros. Y sin embargo en ese proceso se fue condensando cada vez más la noción de que éramos "argentinos", y que queríamos ser argentinos.

Es una época marcada por las contiendas entre el puerto y el interior, entre quienes querían ser unitarios y los federales.

Se dan los primeros gobiernos "patrios", el logro de la constitución y los primeros ensayos de una democracia imperfecta.

La vieja y aún no resuelta cuestión de integrar la cultura del mestizaje -que se forja en el encuentro de la hispanidad con los pueblos indígenas- con la modernidad: "La generación del 37 (Echeverría, Alberdi, Sarmiento y otros) la constituye un grupo de jóvenes que por primera vez reflexionan, de un modo explícito, sobre este problema central de la identidad latinoamericana hasta hoy día:... la polémica acerca de la valoración de la cultura autóctona como capaz o no de recibir en su seno el progreso moderno" 

A nivel religioso el país se queda durante muchos años sin comunicación con Roma, al separarse de España que ejercía el Patronato. Los sacerdotes están volcados a la política, y de hecho colaboran en la gestación de Argentina como país. Los sacerdotes influyeron mucho para que la gente aceptara el gobierno independiente de España, y más tarde la Constitución, con Fray Mamerto Esquiú.

El pueblo sigue siendo profundamente religioso, católico, con una religiosidad que impregna bastante los criterios y la vida.

A través de peripecias diversas se restablece la comunicación con Roma. Un hito importante fue la "misión Muzi": el Papa, a través de gestiones iniciadas por O´Higgins, envió al arzobispo Juan Muzi con el título de Vicacio Apostólico de Chile; en la comitiva venía el canónigo Mastai Ferreti, futuro papa Pio IX. "La misión llegó a Buenos Aires el 4 de enero de 1824 y fue recibida por una multitud que se reunió en el puerto, pero el gobierno brilló por su ausencia" (Farrell, op.cit, p. 76). Fray Justo Santa María de Oro fue el primer obispo nombrado en estas tierras sin intervención de España, como Vicario de Cuyo, en diciembre de 1828, "primer nombramiento de un obispo argentino de la época independiente" (ibid, p. 78)

A nivel político, en estos dos siglos, XIX y XX, aunque tan diversos, nos constituímos como país. Hacia finales del siglo XIX, surge la llamada generación del 80, cuyo mayor líder es Julio Argentino Roca. Una generación lúcida, que fuerza el destino del país hacia el proyecto de la modernidad, el cual "reserva para los europeos del norte toda la racionalidad histórica y que incorpora a su historia las geografías, marginando los pueblos, que coloniza" (ibid, p. 94). El proceso tendrá un fuerte componente laicista, e intentará vaciar la cultura autóctona. Sin embargo, el país va ganando conciencia de sí y va armando su destino, su proyecto. Esto no se da de manera armónica, y quedan en el camino trozos sangrantes de nuestra identidad sin reconciliar, y grupos de argentinos excluídos, sin integrar, que irán teniendo protagonismo mas adelante. Pero aún teniendo en cuenta todo esto, desde el fin de la secesión de Buenos Aires, (1859) somos los que somos, y nadie discute el pertenecer a la Argentina o no.

En todo este tiempo, la gran búsqueda es la consolidación de la democracia. O por lo menos, la participación del pueblo en la vida política, lo cual no se dará de hecho en el siglo XIX. Hitos de este proceso fueron más adelante los movimientos y realizaciones promovidos por Yrigoyen y por Perón, y hechos posibles por la ley Sáenz Peña, del sufragio universal. Un proceso de ninguna manera rectilíneo, sino con avances y retrocesos, con desencuentros y alianzas, y también con mucha sangre de ciudadanos en medio. 

Yendo a la historia más reciente, tenemos 2 guerras en nuestro bagaje: Una, la de la guerrilla y la represión subsiguiente, con su tremendo rastro de personas desaparecidas. La otra, la de las Malvinas, también con muchas tristezas.

Hemos tenido y tenemos la búsqueda de una participación lo más amplia posible de los ciudadanos en la vida política, pero todavía la democracia argentina no ha podido terminar de consolidarse.

El otro hecho social y político enorme, en esta época, es la inmigación, de la que descendemos, por lo menos en algún porcentaje, la mayor parte de los argentinos. "En 1869 ya había 13,8 % de extranjeros, en 1914 llegará a ser casi la mitad del país: 42,7 %. Esta política, en verdad revolucionaria, permitió multiplicar la población argentina doce veces en 90 años" (ibid, p. 95)

En este tiempo el país se define como agricola ganadero, y también se industrializa. Este proceso hace crecer enormemente la población de las ciudades, sobre todo de Buenos Aires, donde vive -contando el conurbano- un tercio de la población total.

Pero en contra de quienes hicieron de la inmigración un proyecto "extranjerizante" y laicista, la gran mayoría de los inmigrantes fueron de origen latino: más del 75 % de los inmigrantes que llegaron al país entre 1853 y 1946 fueron de nacionalidad italiana o española. De esta manera, en vez de diluirse, nuestra identidad católica se afianzó.

Y también en esta nuestra adolescencia como país seguimos recibiendo misioneros: Junto con la inmigración llega la segunda tanda de misioneros europeos para Argentina. Religiosos de Italia, España, también de Francia y Alemania e Irlanda, vienen a acompañar a sus connacionales, que intentan aquí "hacer la América". De esto no hace más que un siglo, incluso menos.

Las vocaciones de especial consagración habían casi desaparecideo en nuestro país. El seminario de Buenos Aires estuvo cerrado 73 años: desde 1792 a 1865; el de Salta, 39 años: de 1813 a 1822. Pero con la ayuda de esos misioneros, y con el restablecimiento de la jerarquía, pueden reaparecer y consolidarse los seminarios y noviciados. Es así como la Iglesia en Argentina va haciendo su camino, plasmándose, arraigándose. La iglesia se organiza, se multiplican las diócesis, los laicos van ocupando su puesto en la vida pública del país y en la evangelización. Tuvieron papeles importantes en este proceso, un poco más tarde, la Acción Católica y la formación de catequistas; más adelante los laicos asumen algunas responsabilidades en las parroquias, y después del Vaticano II surgen diversos movimientos.

La recepción del Concilio Vaticano II en nuestro país fue amplia, y también muy movida, inquieta: desde preocupaciones y movimientos sociales múltiples, también de los Sacerdotes del Tercer mundo, hasta otras corrientes "de derecha". 

A través de este recorrido truncado, con muchos tropezones, la Iglesia de Argentina siempre ha estado cercana al pueblo, aunque no siempre a los gobiernos. Aquí se forja una teología de la religiosidad popular, de la cultura y del pueblo, junto con una valoración y conducción de sus manifestaciones. Señales de esto son el capítulo de Pastoral Popular de la Reunión de los Obispos de San Miguel, 1968, y las peregrinaciones juveniles a Lujan, y otros santuarios marianos, junto a la gran devoción a María nuestra Madre.

Después de unos años del inmediato posconcilio, que marcaron una segunda racha de ausencia de vocaciones de especial consagración, se da, a partir de 1977 aproximadamente, un florecer de estas vocaciones.

¿Con qué sacramento podríamos comparar esta larga época de adolescencia"? En nuestro medio solemos fortalecer la adolescencia de nuestras chicas y chicos con el sacramento de la confirmación, en el que ratifican el bautismo recibido de niños muy pequeños, en su gran mayoría. Es discutible, pero podemos trazar una analogía entre estos largos años de nuestra patria y el sacramento de la confirmación. Discutible sobre todo porque una gran parte de nuestro pueblo no recibe este sacramento. Aceptable, porque no hay duda de que aún así, el Espíritu Santo estuvo guiando y haciendolo suyo, confirmándonos en nuestro ser cristiano, más a través del corazón que de las estructuras, más a través de la profecía que del sacerdocio, podríamos decir; más a través de la transmisión familiar y popular de la fe, que de la iglesia institucional.

Contemplamos en esta etapa a María que acompaña a los apóstoles en la espera del Espíritu, unida a ellos en la oración (Hch 1,14). La Iglesia que espera, la Iglesia que se forma, la Iglesia que ora.

Si miramos estos años desde la vocación misionera, desde el llamado a extender la Buena Noticia a zonas que no la han escuchado, podemos decir que el Espíritu estuvo presente enviándonos muchos misioneros desde Europa sobre todo.

La fe arraigó en nuestro pueblo, a pesar de tantos avatares institucionales. Se fue consustanciando con la manera de ser argentinos, a pesar de la debilidad de la institución y a pesar de gobiernos laicistas y sus clases ilustradas. La fe se consolidó al ser vivida y transmitida por los laicos, sobre todo en el ámbito familiar.

Más adelante, entrado el siglo XIX, en 1849 tenemos el primer delegado apostólico de la época independiente, Mons Luis Besi; la jerarquía de la Iglesia se fue confirmando, consolidando, mediante la creación de nuevas diócesis, la extensión capilar de parroquias, el casi inicio de las vocaciones consagradas autóctonas.

En general nuestro catolicismo siguió recibiendo, más que dando; siguió creciendo desde la infancia hacia la adultez. Es una etapa marcada justamente por el crecimiento, don del Espíritu Santo. Un crecimiento que como vimos, no fue rectilíneo, sino con subidas y bajadas, desencuentros y zozobras: recordemos las luchas del 55 y de los 70, que también marcaron a la Iglesia.

c) Nos tocaría entonces ahora, pasar a la vida adulta. Y esa es la propuesta de esta charla: que el gran desafío misionero de la Iglesia en Argentina hoy es acompañar al país en su paso de la adolescencia-juventud a la adultez, en la vida y en la fe; lo cual teológicamente interpretamos como un vivir la eucaristía: el desafío será transformarnos en una Iglesia más plenamente eucarística. Una iglesia que 

+ ponga su fuerza más en dar que en recibir, 
+ más en reconocer sus errores que en acusar los de otros, 
+ una iglesia que centre su visión del mundo en el ser católica, universal, en la mirada de conjunto y no se encierre en sí misma y sus propios problemas. 
+ una iglesia que se dedique a incluir, no a excluir.

María, nuestra Madre misionera, nos precede cuando parte sin demora a ayudar a su prima embarazada (Lc 1,39 ss), la María eucarística que percibe la necesidad de los novios a los que se les está aguando la fiesta, y acude a la fuente, a Jesús, y lo ayuda a reaccionar y animar la vida (Jn 2,1 ss)

Vamos a apuntar algunos elementos que justifican esta propuesta.

Para pasar en la vida humana de la adolescencia-juventud a la adultez, hemos de vivir imprescindibles reconciliaciones, sobre todo con las experiencias anteriores que nos han resultado difíciles, con aquello que sentimos que nos ha herido, con lo que tendemos a rechazar de nuestra infancia o adolescencia. Lo mismo pasa en las sociedades, en los grupos con cierta identidad.

La adolescencia es siempre un momento de tomar distancia. Como país tuvimos que tomar distancia, en distintos momentos:

-- de nuestras raíces indígenas
-- de España
-- de la raíz católica, religiosa
-- los unitarios de los federales, y los federales de los unitarios
-- los peronistas de los antiperonistas y los antiperonistas de los peronistas
-- las derechas de las izquierdas, y las izquierdas de las derechas
-- de los países dominantes (Estados Unidos, Europa...)

Como país tenemos que dar el paso de la reconciliación, para ser un pueblo que hace la Eucaristía y se hace en ella. Reconciliarnos para poder remar mar adentro, para "recordar con gratitud el pasado, vivir con pasión el presente y abrirnos con confianza al futuro" 

. Reconciliarnos supone:

-- conocer y aceptar lo que somos y de ahí, lo que queremos ser.
-- tomar nuestro destino en nuestras propias manos, 
-- reconocer cada uno las propias culpas: los distintos grupos: tanto los políticos como el pueblo llano; tanto los empresarios como los obreros; tanto los padres como los hijos; tanto los que no tienen trabajo como los que no tienen interés de trabajar... Tanto los sacerdotes como los laicos,...
-- olvidar el arraigado hábito de la queja, para poner la fuerza en el proyecto
-- dejar de señalar con el dedo a los demás, y dirigirlo hacia uno mismo, para desde allí arrancar.
-- volver a mirarnos a los ojos, como hermanos y no como enemigos o como indiferentes.

Vemos aquí la analogía con el sacramento de la penitencia: hoy es también el momento de vivir una reconciliación entre nosotros mismos y con el resto del mundo, reconciliación que sea el último gesto de adolescente y el primero de una juventud adulta. Reconciliación que nos libere del sentimiento de ser víctimas y nos inicie en la pasión de ser protagonistas de un presente trabajoso hacia un futuro esperanzado. Reconciliación que nos permita integrar nuestras raíces autóctonas y latinas en el empeño de ser una nación moderna; integrar el puerto con el interior; los distintos grupos de una misma nación en un proyecto que asuma las diferencias.

1.2 Algunos datos esquemáticos desde la situación actual y nuestra ubicación en el mundo

Es cierto que estamos en un momento de mucha crisis: social, política, económica. Sin embargo en este apartado queremos mostrar algunos datos que muestran nuestras potencialidades, nos abren a comprender nuestra situación en el conjunto de la humanidad, y de ahí escuchar mejor los desafíos misioneros. 

a) En cuanto a los recursos naturales, Argentina es un país con muchas riquezas: 

por ejemplo: 
- no tiene ni tendrá grandes problemas de agua
- tiene abundancia del terreno, en cuanto a la cantidad y a la calidad.
- cuenta con fuentes de energía, sobre todo eólica, solar y petrolera.
- está rodeada por una larga costa, con un mar que guarda gran riqueza ictícola

b) En cuanto a la cultura

- es cosmopolita, forjándose en el encuentro de diversos países europeos y los pueblos indígenas.
- a pesar de los problemas de los últimos años, el nivel de educación es alto en relación con la mayoría de los países, con un 96 % de alfabetismo, en el puesto 58° del mundo 

c) En cuanto al aspecto religioso

- Se confiesan católicos el 90 % de la población según algunos datos, 84 % según otros 
- históricamente, no tenemos ni hemos tenido grandes prejuicios religiosos.
- no hay exclusiones mayores de tipo religioso
- la fe popular está muy extendida; no hay un gran secularismo, sino, en los últimos años, más bien se dan búsquedas religiosas. El pueblo suele ser religioso y manifiesta aprecio por lo religioso

d) En cuanto al ámbito eclesial: 

- En nuestra tierra tenemos vocaciones de especial consagración. Son probablemente fruto de ese integrar la experiencia religiosa, la apertura al mundo y la solidaridad. Tenemos 1889 seminaristas mayores, que no son muchísimos, pero tampoco son pocos, sobre todo teniendo en cuenta que esta cifra con algunas variaciones, se mantiene desde hace 20 años, después del tumultuoso posconcilio. También tenemos un buen número de novicias y novicios de los institutos de vida consagrada.

Las cifras nos dicen que Argentina tiene 52 seminaristas por cada millón de habitantes, mientras que África tiene 26, y Asia 8.

- Abundan los movimientos y laicos comprometidos
- Nuestra Iglesia como institución está ya establecida y con una jerarquía cada vez más abierta y comprometida 
- También resulta significativa la manera de vivir la religión: se une en general el sentido religioso con el compromiso solidario y con la apertura al mundo. Esto es a la vez una realidad y un desafío: hay entre nosotros no sólo hechos concretos que relacionan lo religioso con lo social y la apertura al mundo; sino también un pensamiento teológico que da sustento a esas iniciativas, aún dentro de una gran diversidad en las tendencias del pensamiento eclesial.
- La Iglesia católica tiene buena imagen en nuestra sociedad: según las encuestas, tiene un 59 % de aprobación (septiembre del 2002) , o fomenta el desarrollo espiritual: 72 %; es defensora de las necesidades de los pobres según el 69 % entrevistado, comprensiva frente a los problemas sociales para el 67 %, y para el 60 %, activa y cordial con todos los sectores.

1.3: Los dones. Como pueblo se nos han dado capacidades, talentos, dones, también dones humanos, que son un llamado a la misión, son nuestras potencialidades que nos llaman a fructificar en la misión:

a) La historia que nos fue formando, nos ha hecho sujetos de una cultura abierta, que integra diversidad de razas y de orígenes. Tuvimos primero el encuentro de los componentes indígenas y europeos; más adelante, la multiplicidad de nacionalidades que nos dió la inmigración. Las personas que vienen a nuestro país dicen que somos acogedores, que nos interesamos por lo de otros países.

b) Somos un pueblo rico en recursos naturales, rico en educación y rico en la fe, como vimos en los datos anteriores.

c) Podemos ser buenos mensajeros de la paz por esa misma agilidad en el asumir diversidad de nacionalidades. Tendemos a ser tolerantes, no tenemos luchas religiosas, estimamos a otras culturas.

1.4: Los límites. También las limitaciones son un registro que deja sonar los llamados de Dios. En cuanto que los consideremos posibilidades de redención, trampolín desde el cual rebotar, pobrezas que son terreno propicio a la actuación del Espíritu; y que por lo tanto las tomemos como ocasión para reaccionar en contra, o sea, para vivir la fecundidad del misterio pascual, la muerte que da vida, la conversión que es inicio de vida nueva. En este sentido podemos apuntar:

a) Tenemos una estima teórica de los valores éticos, en concreto de los valores evangélicos, pero los transgredimos con facilidad, y hasta a veces nos preciamos de ello: el ser piolas, las canchereadas, las viveza criolla, y también los curros son expresiones con carga positiva de defectos éticos.

b) Nos falta capacidad de lucha y organización. Con frecuencia le sacamos el cuerpo al trabajo, sobre todo cuando no tenemos quien nos vigile. Somos excelentes diagnosticadores y ejecutores muy pobres.

c) Ponemos demasiada energía en esperar la solución de nuestros problemas de manos ajenas, llámense FMI, el gobierno u otros. Una anécdota atribuida a Juan Bautista Alberdi cuenta que estando en los Estados Unidos, en 1855, comentó a un nieto del general Lafayette que "lo que más le asombraba de los Esstados Unidos era el orden público, en que todo parecía marchar por sí mismo. El gobierno -agregó- no se ve ni se advierte. -En efecto, Mister Alberdi- respondió uno de los contertulios-, acá el gobierno puede dejar de existir sin que nadie se aperciba de ello" 

2. Argentina: su desafío misionero

¿Qué es para Argentina hoy pasar de la adolescencia a la adultez? Retomamos aquí lo dicho en el apartado 1.1 (c)

¿De qué manera, vivir plenamente la Eucaristía y la Reconciliación es la fuente que inspira la respuesta misionera que Dios espera hoy de la Iglesia en Argentina?

¿Qué significa para la Iglesia en Argentina hoy "ir más allá de las fronteras"?

El gran desafío es arrancar desde la Eucaristía, hacernos Iglesia más plenamente eucarística. El gran desafío misionero para Argentina es vivir y ofrecer una ética eucarística. Y una ética eucarística significa

i n c l u i r

t r a n s f o r m a r

d a r 

2.1: La Eucaristía es incluir porque es comunión: es Jesús que se ofrece al Padre en el Espíritu, por nosotros, para incluirnos en el eterno abrazo con el que la Trinidad se da y se ofrece en amor.

Incluir es realmente no excluir a nadie, hacernos capaces de asociarnos en la diferencia, de armar proyectos comunes, un proyecto común, todos los argentinos, y los católicos ser agentes, animadores de esta comunión, de esta tolerancia, de un país que nos incluye a todos, que opta por integrar a los diferentes: el deseo de incluir supone una Iglesia que "sea recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando" .

Es el desafío al que nos convoca Juan Pablo II: ser casa y escuela de comunión (NMI, 43) y serlo de tal manera, que los pobres, en cada comunidad cristiana, se sientan como "en su casa" (NMI, 50)

Comunión es también mostrar que la sensibilidad religiosa genera sensibilidad social: que en el cristianismo ambas van integradas, o no van, porque 

La misión de la iglesia es religiosa, y por lo mismo, plenamente humana 

El que sigue a Cristo, hombre perfecto, se perfecciona en su misma realidad humana (ibid, n. 41)

Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida 

La Eucaristía es transformar porque es ofrenda, es entrega que da vida, es nuestro pan, tan cotidiano y frágil, que se hace el gran Cuerpo de Jesús. La Eucaristía es "transformación misericordiosa y redentora del mundo en el corazón del hombre" 

La Eucaristía nos transforma a nosotros, en primer lugar, ya que "somos transformados en aquello que recibimos". El desafío es dejarnos hacer "pan que se entrega y vino que se ofrece". Recibir a Jesús en nuestras vidas, dejar que la Trinidad y su plan salvífico habite en el centro del propio corazón y en las comunidades cristianas

Por eso en cuanto transformadora, la Eucaristía completa el sacramento de la reconciliación, y es ella misma, momento de conversión. El desafío en este sentido es nuestra conversión como Iglesia en Argentina, como Iglesia que decide ser adultamente eucarística, adultamente misionera. El pasar:

-- de una actitud pasiva a una actitud activa
-- del recibir al dar
-- del paternalismo a la madurez
-- de ser nosotros evangelizados, a hacernos evangelizadores: de la preocupación por lo que nos falta a la preocupación por lo que otros necesitan, de la queja a la acción de gracias activa.

La Eucaristía que transforma, que hace misionera a la Iglesia, nos lleva a tener una actitud protagonista, desde la conciencia del don, y desde la propia pequeñez que confía en el Señor y en los demás. Es realmente tomar la vida en las propias manos, sin esperar las soluciones de otros mayores que nos den las cosas hechas. Es escuchar realmente el mandato misionero: "la misa ha concluído, ahora sigue la eucaristía, vayan a todas las naciones, a todos los que no conocen a Jesús, a los pobres, a los que sufren, a los desorientados, a los deprimidos"

Los obispos nos dicen: "Argentina, canta y camina". Hace falta saber cantar para poder caminar juntos. La misión hacia dentro de Argentina se hace fortaleciendo la sociedad civil: todas las iniciativas que construyen aquel proyecto común desde abajo hacia arriba. Que por eso nos fortalecen como pueblo, nos dan consistencia y fe, esperanza y capacidad de construir, de desarrollar nuestras inmensas potencialidades.

La Eucaristía es dar: es justamente el Hijo de Dios que se entrega por nosotros, porque se ha hecho solidario con nuestra suerte. Por el gesto eucarístico de Jesús hemos sido incluídos en la Trinidad, y desde entonces nuestra perspectiva ha cambiado, hemos sido transformados. Ahora sabemos que "hay más alegría en dar que en recibir", y que "todos formamos un solo cuerpo porque participamos de un único pan" (1 Co 10,17): esto es la solidaridad. El Cuerpo es en primer lugar la Iglesia, pero el Cuerpo es también, por lo menos potencialmente, como vocación, el Cuerpo es la humanidad, a la que somos enviados. Lo lógico es, entonces, que vivamos con la conciencia palpitante de que "los miembros del cuerpo que consideramos más débiles son también necesarios" (1 Co 12,22), y tenemos que salir, ir: hemos sido enviados.

El mandato misionero es pluriforme. Se dirige a toda la iglesia, y la Igtlesia es enviada a todos aquellos espacios, personas o grupos, que no han recibido a Jesús. Nos preguntamos entonces hacia dónde nos envía la Eucaristía que nos hace adultamente misioneros, hoy y aquí en esta Argentina hecha y deshecha, amada y padecida. Vamos a señalar cuatro ámbitos:

3.1: ir al próximo

Tomamos esta expresión, "ir al próximo", en el sentido de ir hacia el que tenemos más cerca, física o afectivamente más cerca. Nos referimos a la propia familia, a los vecinos, a los amigos, a los compañeros de trabajo. En estos espacios, el gran desafío de una ética eucarística, el gran desafío de ir más allá de las propias fronteras, supone:

Salir del individualismo hacia la comunidad. poner el énfasis en salir al encuentro, dialogar y encontrarnos con los que estamos cerca: familia, barrio, relaciones laborales. Crecer en la capacidad de convivencia, desde el círculo más íntimo. En nuestra situación, los vínculos humanos se hacen quebradizos. Vivimos hipostasiando el momento, y las relaciones humanas difícilmente pasan la prueba del tiempo. La fidelidad está más que desvalorizada. 

Las vínculos humanos son por eso el primer campo de la misión, el terreno privilegiado donde buscamos la santidad. La misión nos impulsa a salir de nosotros mismos para encontrar y comprender a los demás, y esto es ser misioneros.

Sin embargo, el llamado que se nos hace surge de quien ha hecho su opción definitiva por nosotros, por la humanidad. Dios ha establecido su matrimonio indisoluble con cada persona y con el conjunto de los seres humanos. Estamos llamados a testimoniar que "el amor no consiste en que nosotros amemos sino en que Él nos amó primero", y que por lo tanto, siempre podemos recomenzar. Si hay uno que dice "yo vengo a ofrecer mi corazón", eso significa que "no todo está perdido" : mucho más si quien lo dice es Jesús, el Hijo de Dios, que ofreciéndose cada mañana en la Eucaristía, se hace garantía de que las relaciones humanas incluyen la fidelidad, la estabilidad. 

Salir de la queja a la esperanza y la alabanza. A veces pareciera que un velo nocturno ha caído sobre nuestro corazón y nuestra mirada, y no logramos romper la inercia de esta depresión colectiva que vivimos los Argentinos. Pero nosotros sabemos que hemos sido amados primero, y que el amor es más fuerte que el temor. Los cristianos tendríamos que pensarlo mucho más antes de establecernos en la crítica. ¿Porque a qué somos enviados? ¿a dar buenas o malas noticias? Somos enviados a dar la Gran Buena Noticia, que tiene que traducirse buenas noticias dadas a nuestros familiares, a nuestros amigos, a nuestros compañeros, a nuestros vecinos: ser misionero es sonreir mucho, darle la bienvenida a cada día y a cada persona, decirle: vos valés mucho, y hoy podemos construir juntos algo bueno, que ilumine la ruta y la ciudad humana:

El Reino tiende a transformar las relaciones humanas y se realiza progresivamente, a medida que los hombres aprenden a amarse, a perdonarse y a servirse mutuamente... Trabajar por el Reino quiere decir reconocer y favorecer el dinamismo divino, que está presente en la historia humana y la transforma 

Esto es posible porque "hemos sido amados primero", y por lo tanto, el amor gratuito es el resplandor espontáneo de quien celebra la Eucaristía, de quien cada día recibe el abrazo de la Trinidad que nos incluye.

3.2: ir al prójimo

Con esta expresión "prójimo", queremos referirnos al país: es decir: para la Iglesia es un desafío misionero ir hoy hacia el país, y jugar en él un papel reparador, dar en nuestra tierra la Buena Noticia de que Dios nos ama en concreto y que debemos edificar juntos el Reino en nuestra patria. Los cristianos estamos llamados a colaborar activamente en hacer un país más eucarístico, desde un testimonio adulto y una proclamación abierta de lo que significa hoy entre nosotros, incluir, transformar, dar:

Tenemos que emprender la tarea de aunarnos como pueblo, crecer en la capacidad de armar un proyecto común aceptándonos y queriéndonos como diferentes. La Iglesia tiene que contribuir con laicos que participen activamente, de otra manera, en la vida política. Ciudadanos que extraigan de la mesa de la Palabra y de la mesa del Pan, la inspiración y la fuerza para conducir a nuestro pueblo, a todos los niveles, los más altos y los más pequeños.

Hace falta también reforzar el federalismo, en todas sus manifestaciones. El primer testimonio eucarístistico es no solamente no excluir a nadie, sino también dar a cada uno el propio lugar en el concierto común. Hacer una patria de hermanos es hacer una patria de diferentes, cuyas diferencias son tomadas como oportunidad para una sinfonía enriquecida. "Si las notas no suenan de manera diferente" -dice San Pablo- "nadie reconoce lo que se está ejecutando. Y si la trompeta emite un sonido confuso, ¿quién se lanzará al combate?" (1 Co 14,7-8). 

No podemos dejar de señalar aquí la desigual distribución de los agentes evangelizadores en nuestra patria. La arquidiócesis de Buenos Aires tiene 3765 habitantes por sacerdote y Córdoba 4687, mientras que la diócesis de Merlo-Moreno tiene 20.136 habitantes por sacerdote, (casi como el promedio de África), Orán, 9276, San Justo 9876, Bariloche 6457.

El ir más allá de las fronteras en nuestra tierra es animar de manera más clara la pastoral vocacional, para que todos los jóvenes a quienes el Padre, por Jesús y en el Espíritu, está llamando a una especial consagración, en el sacerdocio o en la vida religiosa, puedan escuchar esa voz suave y firme que cautiva, que libera y que envía.

Tenemos que vivir esto también en la Iglesia, donde todos estamos llamados a ser misioneros en la propia tierra, transpasando las fronteras del sexo o género, de los prejuicios, de la corrupción, del no te metás, del color de la piel o de la clase social, del partido o de la profesión. Una Iglesia misionera es una Iglesia en la que mujeres y varones, clérigos, laicos y religiosos participan activamente, en todos los niveles y sin marginaciones. Así podremos trascender esta capacidad sinfónica a nuestro país en cuanto organización común.

Para esto, hemos de salir del paternalismo al protagonismo como pueblo, a fortalecernos como sociedad civil. Lo cual está ya ocurriendo, y es una riqueza del momento: el desprestigio de la clase dirigente se da junto al crecimiento de diversas iniciativas de sociedades y grupos intermedios: desde las asambleas barriales a las actividades deportivas, de la eclosión de proyectos solidarios a las numerosas y hermosas actividades relacionadas con el arte, la música, el teatro y la educación. Es la sociedad civil, es el pueblo, quien hace la historia, aunque nuestros manuales estén más llenos de los nombres de los próceres, los gobernantes y los generales. Lo que importa es la gente, y mucho más cuando la gente se hace pueblo, se fortalece como pueblo, sentándose a pensar juntos, levantándose para actuar juntos y uniéndose para cantar juntos.

El paternalismo-infantilismo es un movimiento de arriba hacia abajo: nos lleva a culpar de nuestros males a los gobiernos y esperar de ellos las soluciones. El protagonismo eucarístico viene de abajo para arriba. Nos dice que la mayor dignidad es el bautismo y la de los bautizados que celebran la eucaristía. Y por eso nos lleva a reconocer nuestra parte en los errores así como en los éxitos, y a decidir lo que queremos ser y hacer como pueblo, y hacerlo, desde abajo para arriba, desde las iniciativas de grupos hacia la comunidad que se organiza.

Es cierto que todo lo que tenemos es don, pero un don que viene de Dios y que debemos también a muchos hermanos. Un don que por eso mismo nos hace agentes, hacedores, sujetos del propio desarrollo .

Este ir al prójimo nos lleva a un fecundo diálogo interreligioso y ecuménico -primero de todo-; a un diálogo también entre partidos, entre provincias, entre instituciones. La Iglesia es enviada a iniciar el diálogo, a promoverlo, a facilitarlo, a cultivarlo, hacia adentro y hacia afuera.

Hemos pasado, estamos pasando, y hemos de pasar aún más: de una Iglesia que recibe a una Iglesia que da, de una Iglesia que manda a una Iglesia que propone, de una Iglesia que dictamina a una Iglesia que dialoga, porque lo que se nos ha confiado es el diálogo de la salvación 

Sí, Argentina: canta, camina, y entra en tu tierra, rema más adentro en tu tierra.

3.3: ir ad Gentes

Pero la Iglesia Argentina, con toda su riqueza y con toda su pobreza, conciente de tanto bien recibido tiene también que vivir su desafío misionero eucarístico yendo ad Gentes. En este sentido queremos seguir los ámbitos que propone Juan Pablo II en Redemptoris Missio.

3.3.1: ir hacia quienes no han conocido a Cristo, a las "vastas zonas sin evangelizar", en las que crecen con dificultades, hoy, las iglesias jóvenes (RM 37).

Todo lo que hemos visto, mirado y escuchado mientras oímos el llamado de Jesús: Vayan a todas las naciones, tiene que arrancar del corazón de nuestra Iglesia en Argentina, un impulso a ir a quienes no han conocido a Jesús, y en especial a aquellas y aquellos hermanas/os que a la vez viven en situaciones inhumanas de pobreza. Nos espera África, el continente concientemente olvidado por los poderosos. Nos espera Asia, donde vive algo más de la mitad de la humanidad, de la cual sólo el 2,94 % es católica, y alrededor del 5 % es cristiana. Esto significa que sólamente en Asia, 3458 millones de personas no conocen a Jesús (100 veces la población de Argentina). Juan Pablo II dice "la misión ad gentes... debería orientarse principalmente... hacia el continente asiático" (RM 37) Sí, tenemos que dar de nuestra riqueza y también de nuestra pobreza. Somos un país rico en la fe, rico en nuestro pueblo, rico en sus recursos naturales, rico en humanidad, rico en la tierra, rico en sus vocaciones, rico en sus jóvenes y en sus niños. 

En Argentina tenemos 6373 habitantes por sacerdote. En Europa hay 3253, en África: 28.967, y en Asia, 54.977 habitantes por sacerdote.

No podemos dejar de contemplar a Jesús en el rostro de los 850 millones de personas con hambre, en los 11 millones de niñas y niños menores de 5 años que cada año mueren de hambre (es decir, uno cada cuatro segundos) . No podemos dejar de ver a Jesús en las/os 1100 millones de hermanos chinas/os que no saben del Hijo de Dios hecho hombre; no podemos dejar de contemplarlo en los 1000 millones de ciudadanas/os de la India, en su gran mayoría sumamente pobres, herederos de una sabiduría milenaria, sujetos de una humanidad rica y profundamente religiosos, pero que no saben que Jesús es el mejor camino, la verdad más plena, la vida que no se acaba.

Y dentro de nuestra misma patria, el 20 % de los argentinos tiene el 55 % de los ingresos, mientras que el 20 % más pobre, recibe el 3,9 % de los ingresos.

Vamos hacia otros pueblos con la conciencia de que no buscamos conquistar sino entablar con ellos el diálogo de la salvación, contándoles la buena noticia del Reino. Por historia, por idiosincracia, podemos distinguir muy ben entre globalización y universalidad. No queremos imponer nada, sino hacer juntos un proyecto de liberación y de libertad, ya que sabemos por el Evangelio y por nuestra experiencia histórica, que "un pueblo que oprime a otro pueblo no puede ser libre", como decía Dionisio Inca Yupanqui, en las Cortes españolas de 1810 (Farrell, p. 55) 

Los argentinos estamos especialmente dotados para ser misioneros respetuosos de la cultura de los pueblos a los que somos enviados, por las experiencias de imperialismo cultural que hemos vivido, y por la capacidad de integrar en una nacionalidad gran diversidad de culturas. Por esto tenemos que sentirnos especialmente llamados a la inculturación.

Argentina: canta, camina y sal de tu tierra, sal de la tierra.

3.3.2: el Papa apunta también como ámbito de la misión ad gentes, los mundos y fenómenos sociales nuevos (RM, 37). Entre ellos, indica en primer lugar:

Lugares privilegiados deberían ser las grandes ciudades, donde surgen nuevas costumbres y modelos de vida, nuevas formas de cultura, que luego influyen sobre la población. Es verdad que "la opción por lo últimos" debe llevar a no olvidar los grupos humanos más marginados y aislados, pero también es verdad que no se pueden evangelizar las personas o los pequeños grupos descuidando, por así decir, los centros donde nace una humanidad nueva con nuevos modelos de desarrollo. El futuro de las jóvenes naciones se está formando en las ciudades (ibid)

También nos dice que no se puede olvidar de los jóvenes, que en numerosos países representan ya más de la mitad de la población. Tenemos que ir hacia los jóvenes y decirles: ser misionero es hermoso, ser consagrado te llena la vida y el corazón, la vida la tenemos para darla. Animar a nuestros jóvenes a ir más allá de las fronteras del facilismo, de la chatura, del consumismo. Ir también a los jóvenes que no encuentran sentido a sus vidas, y sencillamente mostrarles a Jesús, y crear espacios donde puedan escuchar su voz y contemplar el rostro del más hermoso de los hijos de los hombres.

Es claro que se deben recordar las situaciones de pobreza, a menudo intolerable, que se dan en no pocos países, y que con frecuencia, son el origen de las migraciones en masa.

Habla también el Papa de los "areópagos modernos", y entre ellos señala en primer lugar "el mundo de la comunicación que está unificando a la humanidad y transformándola -como suele decirse- en una aldea global". Y añade: "no basta usarlos para difundir el mensaje cristiano... sino que conviene integrar el mensaje mismo en esta "nueva cultura" creada por la comunicación moderna" (ibid). 

Y por último, el otro inmenso areópago moderno que señala Juan Pablo II, y que queremos remarcar aquí, es "la promoción de la mujer y del niño". Espacio, el de la mujer, que ya señalaba Juan XXIII en Pacem in terris, como una de las tres más importantes notas características de nuestra época , urgiendo a que su presencia y acción no se limite al ámbito doméstico, sino que se haga más patente en la vida pública; la mujer como lugar privilegiado de misión, y agente privilegiado de misión. Es cierto que ellas van ocupando lugares de mayor responsabilidad en la sociedad y en la Iglesia. Sin embargo, hay que abrir más ancha y libremente este espacio, el espacio que necesita nuestro mundo, el que Dios Padre destinó para ellas, para nosotras, cuando nos hizo el 50 % de la humanidad, cuando confió a María la concepción y la educación de su Hijo hecho hombre, cuando el Espíritu quiso manifestarse a la Iglesia y hacerla misionera. Este desafío misionero se hace más agudo, más urgente cuando pensamos en las niñas: ser mujer y ser infante a la vez, es la mayor desventaja que puede sufrir el ser humano en muchos lugares de la tierra; una condición que para millones de niñas, es denigrante.

3.4: ir más allá de las fronteras en el propio corazón.

Lo más irreductible de la dignidad humana se juega en cada persona: algo que es de cada uno: la conciencia, el corazón: un templo inexpugnable, que sólo se puede abrir desde adentro, desde la propia libertad.

El desafío misionero de la Iglesia argentina pasa también por el corazón de cada bautizado, en su decisión de ir más allá de las fronteras que cada uno nos ponemos: más allá de las heridas, más allá de las cobardías, más allá de los miedos. Hay que escuchar la vocación misionera dentro del alma, porque allí, es seguro que el Espíritu nos habla, y desde allí nos convoca. 

Un corazón misionero es un corazón que pone la felicidad en la entrega, que percibe las necesidades de los demás, que sale al encuentro. Un corazón misionero es un corazón entregado, y por eso feliz.

La Eucaristía que nos hace adultos en la fe, y por eso misioneros, nos abre a ese fascinante horizonte que es la santidad. Se nos hace este llamado como pueblo, pero sobre todo, es el canto del Dios amante que seduce a cada uno desde lo hondo del corazón. Es "el fundamento de la programación pastoral al inicio del nuevo milenio" (NMI, n. 30), el manantial más genuino de toda vocación misionera, es la entraña de nuestro desafío misionero. Tenemos que escucharlo como Iglesia argentina. Una santidad fraguada en la Eucaristía, hecha pasión por Dios y compasión hacia quienes nos esperan; una santidad que abre el alma y nos hace capaces de incluir a todos, de transformar la realidad, de salir, ir y dar a cada uno la Buena Noticia del Reino

Argentina, argentino: canta, camina y rema más adentro en la tierra de tu corazón, más allá de tus límites: canta, camina más allá de tus fronteras, sal de todo lo que achica tu tierra y la agosta, agranda los límites de tu carpa (Is, 54,2), de tu barca, de tu corazón.


NOTAS:

1 - CONFERENCIA EPISCOPAL ARGENTINA, Iglesia y comunidad Nacional, 8-8-1981, nn 10-11.

2 - FARRELL, Gerardo T., Iglesia y pueblo en Argentina, Ed. Patria Grande, 4° edición, Buenos Aires, octubre 1992, p. 83.

3 - JUAN PABLO II, Novo milenio ineunte, Carta apostólica, 6-1-2001, n.1. En adelante citamos NMI

4 - Este y los siguientes datos estadísticos los extraemos del Gran Atlas Clarin 2000. Cuando no se dice otra cosa, están en las páginas: 32, 33, 230, 231.

5 - El primer dato es del Atlas Clarín, este último de la encuesta Valores, Iglesia y distintos aspectos del cul6to católico, Estudio de opinión pública preparado especialmente para la Universidad Católica Argentina, por GALLUP Argentina, 2001, p.10

6 - AICA, 8-8-2001, p. 229.

7 - dato extraído del diario LA NACIÓN, 20-10-02, pp 1 y 13

8 - GARCÍA HAMILTON, José Ignacio, Vida de un ausente, Ed. Sudamericana, Bs. As, 4° edición, p. 175.

9 - Esta categorización del don de la Eucaristía puede ser iluminada por RATZINGER, card. Joseph, Eucaristía, comunión y solidaridad, en L´Osservatore Romano, n.36(1758), 6-9-2002, pp. 5-7.

10 - Plegaria Eucarística V b

11 - CONCILIO VATICANO II, Constitución pastoral Gaudium et Spes,, n. 

12 - JUAN PABLO II, Carta del 12-5-82, en L´Osservatore Romano, 6-6-82, p. 19

13 - JUAN PABLO II, Carta Dominicae Coenae, n. 7

14 - Canción de FITO PÁEZ.

15 - JUAN PABLO II, Redeptoris Missio, Carta Encíclica, 7-12-1990, n. En adelante citamos RM

16 - PABLO VI, Encíclica Populorum Progressio, 26-3-1967, n 15,

17 - PABLO VI, Encíclica Ecclesiam Suam, 6-6-1964, nn 64 a 111.

18 - SAN IGNACIO DE LOYOLA, Ejercicios Espirituales, n. 233

19 - Extraemos las estadísticas relativas a aspectos religiosos de los suplementos de AICA-DOC, 567 y AICA-on-line.

20 - Datos en La Nación, 17-10-02

21 - Encíclica del 11-4-1963, n. 41

 

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