"EL SEÑORCITO DE LOS MILAGROS"
Un
aporte del catolicismo popular a la reflexión misionológica[1]
Gabriela
Zengarini
1.
Objetivo y opción metodológica
Este
texto es motivado desde la
experiencia misionera vivida durante siete años en medio de las comunidades
campesinas de Guasayán, Santiago del Estero, Argentina. Según la III Conferencia
general del Episcopado Latinoamericano, “el compromiso con los pobres y los
oprimidos y el surgimiento de las Comunidades de Base han ayudado a la Iglesia a
descubrir el potencial evangelizador de los pobres”(DP
1147).
En este momento se intenta "ex-poner" (poner afuera) a la luz teológica
una experiencia religiosa popular: la devoción al "Señorcito de los Milagros".
Su valor permaneció escondido a los ojos de la Iglesia local durante mucho
tiempo, tanto para sus proyectos pastorales como para su teología; hoy se la
quiere colocar en el centro de una reflexión
misionológica.
La devoción al “Señor de los Milagros” no es un hecho religioso aislado,
sino por el contrario, pertenece a una realidad histórica, cultural y eclesial
mayor. Forma parte de los diferentes rostros del ser Iglesia en Argentina.
Abordar esta práctica religiosa abre también a temáticas y cuestiones válidas
para las múltiples expresiones del catolicismo popular presentes en América
Latina.
La pregunta que se quiere plantear al analizar teológicamente la devoción
al “Señor de los Milagros” es precisamente en qué consiste este “potencial
evangelizador de los pobres” presente en el catolicismo popular (DP 444, 450), y
que según el magisterio interpela a la misma Iglesia, “llamándola a la
conversión” (DP 1147), así como también sus límites y
desafíos.
El método que se sigue puede ser sintetizado a través de las palabras que
Mons. Enrique Angelelli[2]
usaba para expresar la dinámica de su vida: “con un oído en el pueblo y el otro
en el evangelio”. Esta metodología está dada por un doble movimiento:
primeramente, se intenta rescatar los datos teológicos que el pueblo transmite,
manifiesta, revela en sus palabras, gestos, acciones, ritos y símbolos. En
segundo lugar se recurre a la tradición bíblica, en especial a los textos del
Nuevo Testamento desde los elementos teológicos jerarquizados por la concepción
popular y sistematizados por el análisis de esta expresión de catolicismo
popular.
Desde el paradigma de la inculturación, se propone la aproximación al
"otro-pobre".[3]
Las fuentes orales son la puerta de entrada que se utilizan para este
acercamiento a la experiencia vivida por las comunidades populares. Ellas
posibilitan traer a la luz voces, narraciones y cuestiones que los discursos
dominantes tratan de suprimir y olvidar. Permiten acercarse a las expresiones
religiosas desde los significados, sentidos e interpretaciones que los mismos
pobres dan a su experiencia religiosa.
2.
Presentación de la devoción
Las comunidades sujetos de la devoción al "Señorcito de los Milagros"
están ubicadas en la región del NOA -noroeste argentino-, y dentro de esta
región más específicamente en las provincias de Tucumán, Santiago del Estero y
Catamarca.
El lugar donde hoy se encuentra la imagen, puesto “Paloma” pertenece al
departamento Granero, provincia de Tucumán. El mismo está ubicado a pocos
kilómetros de la frontera con las otras dos provincias, Catamarca y Santiago del
Estero. Las poblaciones más cercanas son, Taco Ralo (Prov. de Tucumán) a 20 km.
con 1230 habitantes, y San Pedro de Guasayán (Prov. de Santiago del Estero) a 33
km. con 1340 habitantes. En realidad, las localidades de esta región representan
las zonas más marginales de las tres provincias por estar en las fronteras de
cada provincia y relativamente alejadas de sus correspondientes capitales.
La geografía serrana de esta región y su clima semiárido hacen que la
producción económica sea muy limitada. [4] En general son localidades o comunidades
más bien rurales, aunque también forman parte de los devotos del Señorcito,
habitantes de la ciudad de Termas de Río Hondo, con 23.447 habitantes, a 60 km.
del puesto “Paloma”.[5]
Narrativas
acerca del origen de la devoción
Según la tradición oral esta imagen del “Señor de los Milagros” fue
encontrada en un árbol, en la raíz de un quebracho por unos hacheros[6],
Don Juan Manuel Sotelo y Don Antonio Sotelo, o por los padres o abuelos de ellos
según otras narrativas. No se sabría precisar el año pero parecería que fue a
fines del siglo pasado y comienzos de este. Estos hacheros decidieron llevarla a
una iglesia, y allí el sacerdote le puso el nombre de “Señor de los
Milagros”:
“...y
entonces le trajeron a una iglesia, y le hicieron bendecir por un cura y el cura
le puso el nombre del Señor de los Milagros, y les dijo: “esta imagen vamos a
bendecirla, cuiden esta imagen, le hacen una casita para tenerlo” [...] la gente
comenzaba a pedirlo, El comenzaba a ser muy milagroso, le hacían promesa, y lo
llevaban a su casa para velarlo el día viernes. El día domingo lo tenían que
traer y jueves para prenderle velas. Los cura ... el cura fue el que puso que
dos días puede salir, y el día jueves y domingo tienen que prenderle velas en su
casa, para que la gente le pueda alumbrar, y en abril para Semana Santa le hacen
una buena velada.”[7]
Se cuenta que la capilla donde está ahora fue construida con la ayuda de
los vecinos y devotos, porque “él no tenía paradero” según Clara Sotelo, que es
la cuidadora o síndica del Señorcito:
“...cuando
le fueron haciendo la capilla, hacían recoleta, unos colaboraban con un horcón,
con una vara , hasta que se fue haciendo. El terreno es donado, está a nombre de
El, del Señor de los Milagros. El no tenía su paradero seguro, es que ellos
trabajaban afuera... En Los Puestito lo encontraron, en un árbol, en un nido, lo
encontraron unos hacheros”[8]
La devoción al "Señor de los Milagros" se realiza en torno a una imagen
de Jesús crucificado. En realidad lo que se puede apreciar es una cruz de
35 cm de tamaño, en la que sobresale una cabeza con una coronita, también se
puede ver las manos del Cristo en la cruz, y cintas y vestidos cubriendo casi
toda la imagen. Estas vestimentas se llaman hábitos que los promesantes le hacen
y le regalan. Según el testimonio de Clara se lo viste con siete cintas de
diferentes colores y siete cadenas o rosarios.
Desde las narrativas permanece como interrogante si lo que se encontró
fue la imagen con la cruz que hoy se venera, si ha sido el santito, o una
piedrita.[9]
Al respecto, hay relatos diferentes:
“Mi finado padre, mi finada madre cuando
han estado allá, han encontrado una piedrita así el abuelo de ellos, detrás de
un quebracho colorado, lo han llevado para Tucumán, a la iglesia.”[10]
Una de las mujeres de las comunidades de San Pedro de Guasayán, que es
considerada por otros devotos como una de las principales promotoras de esta
devoción, rezadora en el pueblo y que anualmente organiza veladas para el santo,
narra lo siguiente:
“Lo encontraron en un tronco de un árbol,
los primitivos abuelos de esta gente que está ahora. Ellos lo sacaron, era un
santo muy chiquito; Ud. lo habrá visto; él tiene la carita bien formada y le
faltaba un brazito entonces ellos le han hecho hacer de plata, bueno no ellos,
sino creyentes, y lo han formado y lo han puesto en una cruz; lo que encontraron
en un árbol es el santito”[11]
A medida que se realizan las entrevistas, aparece con mayor claridad la
pluralidad de variaciones que los narradores introducen en la historia. Aunque
también se percibe que esta pluralidad no es ilimitada, más bien siempre se
realizan dentro de un repertorio legitimado por los devotos y en especial por
aquellos “autorizados” para contar estas historias.
La utilidad específica de las fuentes orales no está tanto en su
capacidad para preservar el pasado, como en los cambios mismos elaborados por la
memoria. Estos cambios revelan el esfuerzo de los narradores por darle un
sentido al pasado y una forma a sus vidas y colocan a la entrevista y a la
narración en su contexto histórico.[12]
Sujetos
que interactuan en esta devoción
De las narrativas acerca del origen de la devoción al Señorcito de los
Milagros como de la observación participante en la vida de las comunidades de
esta región, se descubren diferentes actores: los devotos, los hombres y mujeres
con tradición, los miembros de las CEBs, el clero.
La gran mayoría de los devotos forman un “tejido subterráneo” muchas
veces desconocido por las mismas parroquias, existente en ciudades, localidades,
barrios, puestos rurales de la región. Uno de los jóvenes del lugar expresa
quiénes son estos devotos:
“El
es muy simple. No lo sigue el intendente, ¿cuándo fue un intendente a un
reza-baile? ¿cuándo fue un consejal? ¿cuándo fue una autoridad? Yo nunca vi...
¿quién está ahí ? la gente humilde, la gente que le va a pedir, la gente que le
tiene fe”[13]
Formando parte de los devotos, pero con cualidades especiales están
algunos hombres y mujeres que son considerados por las comunidades como los que
“saben de la historia del Señorcito”, aquellos que tienen mayor autoridad para
contar ya sea porque pertenecen a la familia de los “dueños” del Señorcito o que
cuidaron de la imagen. Pero fundamentalmente importantes son algunas mujeres,
herederas de la tradición. El ministerio de “cuidar” comprende también narrar,
contar: “y la viejita le contaba la historia a las chicas mías, la rodeaban, y
ella les cantaba vidalitas de antes”.[14]
Desde la experiencia misionera y en el trabajo de campo fue quedando
claro que esta devoción no existe como una “sobrevivencia”[15]
del pasado, sino que va siendo recreada y reinterpretada a partir de una nueva
experiencia religiosa y eclesial. Los principales sujetos de esta recreación son
los miembros de las CEBs de Guasayán, desde nuevas concepciones bíblicas y
teológicas.[16]
Según ya se escuchó en las narrativas de origen de la devoción hay un
reconocimiento de la autoridad del clero en la constitución del culto local. Sin
embargo, la presencia clerical y su interacción con estas comunidades cristianas
no siempre fue pacífica. Algo que aparece con mucha insistencia en las
narrativas es el conflicto con algunos sacerdotes y en especial con el P. Juan
Bures[17],
párroco de la zona por la diócesis de Santiago del Estero:
“Para
nosotros, yo ya le he dicho, el Señorcito es Jesús, es Dios, es todo, y como la
Madre de los Dolores es la madre de Jesús por eso la veneramos... El P. Bures
decía que era un gitano, vestido con pollera de todos colores; uno tenía que
pelear a uña y diente porque cuando lo estaban velando y él llegaba, peleaba;
ve, el Señorcito tiene un uñaso, porque el P. Bures ha tratado de llevarlo y un
muchacho del campo lo ha volteado sobre un catre y le ha quitado, y ahí lo había
uñado al Señor”.[18]
Junto al conflicto se narra lo que le acontece al sacerdote que no
respeta esta devoción, que no cree en el Señorcito:
“Y
de ahí le ha venido una ruina al pobre padre, terminó en la última miseria,
volcó, se quebró, y le agarró un reuma infeccioso, que a lo último nosotros
teníamos que vestirlo, ponerle el cordón, la ropa para celebrar la misa, y así
cantaba misa”.[19]
Pero en las rondas de conversaciones también se intenta entender cuál es
la causa de este rechazo, de las prohibiciones, y de los controles que ejercía
no sólo el P. Bures sino otros sacerdotes de la región:
“Bueno
esos son cura, no se... contaba mi papá y mi mamá.. muchas veces hay cura que no
le creen en los santos; hay gente que no cree; no sé antes de venir aquí yo
sentí que había un cura de aquí, que no quería darle permiso para que lo velen,
y no sé parece que volcó con la camioneta,...bueno ¿por qué son así?... a usted
por más pobre que sea, ellos no le
pueden prohibir hacer promesa, usted tiene que cumplir su promesa como
corresponde...”
“¡Nos
lo querían quitar, ... ¿qué no Custodio? La iglesia de Taco Ralo, le quería
quitar", comenta Doña Narcisa.
"Y yo le dije al cura: El que quiera
tener santo, que compre santo. Un pobre también puede tener una imagen
milagrosa... Si yo tengo una imagen, Dios sabrá porque yo tengo una
imagen....”[20]
En una de las entrevistas a un sacerdote actual de la zona, intentando
hacer una lectura de aquellos tiempos, él reconocía:
“La
gente cuenta con un cierto sabor que el cura no podía, y no podía contra ellos y
contra la imagen. La gente cuenta como que Bures quería robar la imagen, y yo no
me lo imagino queriendo robar la imagen, pero sí me lo imagino queriendo
manejarlos o dominarlos también. Entonces cuentan que quiso llevarse la imagen,
que la quiso robar, que no lo iba a devolver, que se le volcó el coche y que
hasta que no la sacaron a la imagen no podía hacer andar el coche... En el fondo
Bures pensaba que todo eso era pagano. El cura le quería manejar la fiesta, y a
mí me lo contaban de entrada, como diciendo Ud. está llegando, era una forma de
decirme qué tengo que hacer.”[21]
Expresiones simbólicas como las narradas manifiestan cómo los pobres
experimentan a los agentes evangelizadores en relación con sus vidas, y el
estilo de relación que quieren entablar en el futuro ¿Cuáles son los valores,
normas y comportamientos que las comunidades de Guasayán están queriendo
legitimar a través de las narraciones y de los rituales en la devoción al
"Señorcito" y que están queriendo defender ante la presencia del clero? ¿Qué
importancia tiene esta devoción para la vida de estas comunidades populares? ¿En
qué consiste su "potencial evangelizador"?
En el desarrollo de la disertación se intentó responder a estas preguntas
a través de tres ejes temáticos: los milagros, el peregrinar y el
reza-baile. Estos corresponden a la jerarquización que resulta del análisis
de las narraciones de los devotos así como de la observación de sus prácticas
religiosas.
3.
Lectura misionológica de la devoción
El abordar las fuentes bíblicas desde los ejes temáticos planteados por
las narrativas de los devotos, posibilitó ir respondiendo a la pregunta por el
"potencial evangelizador" de esta experiencia religiosa, así como sus límites y
los desafíos evangelizadores que representa. [22]
I. ¿ En qué consiste este potencial evangelizador de la devoción
al "Señorcito de los Milagros"? ¿Que puede estar significando en un contexto de
globalización como el que se presenta en la actualidad?
Ante una sociedad que organiza la exclusión desde una injusta
distribución de los bienes[23],
los devotos reivindican desde la fe y en un lenguaje simbólico, la predilección
de Dios hacia ellos. En la devoción al "Señor de los Milagros" los más sencillos
son sus principales protagonistas. La imagen del "Señorcito" se aparece a unos
humildes hacheros y son los pobres, entre ellos principalmente mujeres, los
responsables de "guardar la memoria", y de ir narrándola. Se privilegian los
ministerios laicales y los espacios como casas y capilla a donde se
peregrina.
El modelo de sociedad globalizada, en el que se vive actualmente, fomenta
la presencia de los individuos como espectadores o consumidores. En la devoción
al "Señor de los Milagros" la comunidad de los devotos es la que construye la
capilla y contribuye para la formación de la imagen, organiza el espacio y el
tiempo (demarca el espacio sagrado organizando la itinerancia de la imagen). Los
devotos usan un lenguaje simbólico y un modo de construir conocimiento propio de
la cultura oral. Esto permite que la lógica y concepciones de estos cristianos
populares se imponga. Ellos son "sujetos" de la inculturación del mensaje
evangélico desde su experiencia de vida.
Expresiones como "un pobre también puede tener una imagen milagrosa"
revelan no sólo un protesto simbólico, sino también cómo una fe inculturada
fortalece la resistencia cultural de estas comunidades populares. Es una fe que
anima, salva de la desesperación y levanta en medio de una realidad de
injusticia y de impotencia. El valor y sentido de esta fe popular pueden
descubrirse a través de estas palabras :
"Cuando
pasó el caso de esta chica de Villa Guasayán, que tomó esta terrible decisión de
quitarse la vida, una chica jovencita,... a mí se me vino a la memoria cuando yo
me sentía mal, sola, con mi papá enfermo, con el hogar que estaba destruyéndose,
yo me refugié en Dios, porque sino quizá yo hubiera tomado esta decisión de quitarme la vida; pero yo
no, le pedí que me dé fuerza, que no me abandone, y confiaba en Dios, y sabía
que un día de alguna manera íbamos a salir a flote, como se dice."[24]
El lenguaje de las promesas y de los milagros, es en primer lugar, una
manera de no dejarse caer en la desesperación. Este lenguaje ha sido construído
en orden a un sentido que sea capaz de sustentar la vida. Encontrar la causa del
mal y combatirla simbólicamente a través de dones, promesas, rezos, velas,
peregrinaciones o ayunos procura, en primer lugar, la satisfacción inmediata de
no permanecer de brazos cruzados ante el sufrimiento; hay un contraataque contra
el mal.[25]
Las comunidades de Guasayán experimentan la presencia salvadora de
Jesucristo en medio de ellos y lo expresan a través de los relatos de
milagros. Es una presencia poderosa (dynamis) que levanta, salva y
"endereza". Presencia que se muestra para aquellos que tienen “ojos para ver y
oídos para escuchar”; los ojos y oídos de la fe como los de esta mujer de las
comunidades de Guasayán que no duda en afirmar: “Jesús murió y se lo había
enterrado y de hecho apareció vivo, ... el Señor de los Milagros ¡por algo se ha
aparecido!..., el se ha aparecido en una imagen para salvar o ayudarnos a los
creyentes en Dios”.[26]
La devoción al "Señorcito" suscita diversidad de ministerios entre
mujeres y hombres pobres y al servicio de otros más necesitados. En el análisis
que se hizo de la devoción existe una constante interrelación entre lo “dado” y
lo “construido”. En este eje temático de milagros también vuelve a tejerse la
dimensión de la salvación como lo "dado" (como don) y la ministerialidad
"construida" por el protagonismo y la participación de la comunidad de los
creyentes. “Tu fe te ha salvado”(Mc 5,34) tan importante en el catolicismo
popular como en los evangelios, expresa esta complementariedad entre “el trabajo
de Dios” y el “trabajo de los hombres”(cf. Jn 5,17).
La devoción está marcada por la peregrinación, la itinerancia de
la imagen. Es un movimiento en doble sentido: el del peregrino en busca del
poder salvador de Dios y, por otro lado, la itinerancia de la imagen, en la que
los devotos experimentan la visita del Señor a las familias y comunidades. Es un
movimiento como respuesta a un pedido, a un gemido, a una oración y que produce
encuentro. Así lo expresan los devotos:
“...hay
gente que dice: “miralo como sale el Señor de los Milagros, anda paseando...”
¿por qué pasea? porque tiene promesa con esa persona que le ha ido a pedir,
usted lo lleva y por eso va El; pero si no es por eso no va salir, si no es para
cumplir con usted. Doña Cuca no pierde un año, ella lo trae con sus promesantes
todos los años”[27]
La fe en el "Señorcito" ayuda a caminar, compromete con los enfermos o
vecinos más pobres, celebra y reza fortaleciendo los lazos comunitarios o
familiares. Es un movimiento exigido por la solidaridad con el necesitado y
expresado en el ritual:
“yo
siempre que lo traigo le hago procesión, le hago visitar a los enfermos, y así a
los barrios que le toca una vez el barrio San Antonio, otra vez San Blas, así al
que le toca cuando lo traigo. Sin ir más lejos Luchín Arevalo estaba postrado,
no caminaba, estaba muy mal, entonces lo llevamos, y yo le dije a la señora que
lo sentara en la ventana así nosotros podemos entrar”[28]
A
través de palabras sencillas los devotos expresan su experiencia de la
peregrinación como un encuentro privilegiado con las realidades
últimas:
“Yo
pude experimentar cuando íbamos a la casa del Señorcito con otros vecinos(40
km.), ese ir, y pasar, por donde sólo se ve monte y el cielo, y nada más, porque
no hay casa... el caminar en medio de la naturaleza, es como estar... y yo
sentía estar más en la naturaleza, sentía una paz, porque dejamos todas las preocupaciones... todo, y estamos como
más cerca de Dios, con esa paz que nos brinda, cuando íbamos a llevarlo o
trayéndolo a él, es como encontrarse más con uno mismo. Para mí fue una gran
experiencia las pocas veces, que pude ir. Tanto cuando voy al Señor de los
Milagros como a la Virgen de las Canteras, siempre sentí esa misma sensación,
esa paz espiritual, es tan lindo sentir así... Me recuerda el peregrinar de
Jesús. Jesús caminó por lugares apartados; Jesús subió al monte de los Olivos
para orar. Jesús busca estar solo para estar con el Padre.”[29]
La
migración forzada, fruto cada vez más generalizado del sistema neoliberal, trae
consigo desarraigo, ruptura con vínculos primarios y puede conducir a una
desintegración personal o grupal que amenaza la propia identidad. En las
comunidades de Guasayán, que viven esta realidad de la migración, la devoción al
"Señor de los Milagros" cumple una función estructuradora de su visión de mundo.
"El es como nosotros" afirman estos católicos. La vivencia de la devoción
fortalece la identidad cultural de las comunidades de Guasayán y garantiza su
continuidad histórico-cultural. Expresiones como "él sale a trabajar como
nosotros" o "él no tenía paradero" muestran la relación profunda entre la vida
de estos cristianos y la devoción. Esta fe encarnada en la realidad cultural de
estos pueblos es importante para sus vidas porque desde ella dan sentido a sus
existencias y se animan para continuar en la búsqueda de una vida mejor, aunque
para ello tengan que emigrar.
El peregrinar tiene como culmine una fiesta donde se celebra
compartiendo: el reza-baile. Este constituye el centro de la devoción:
“la tradición de El es el baile”. Es una fiesta que posibilita la convivencia,
la reconciliación, el fortalecimiento comunitario:
“Yo
siento que los reza-bailes del "Señorcito" son fiestas que nos unen como
hermanos, se comparte todo; el ir a traerlo, el vecino que presta el caballo, la
montura, todo... la gente se va sumando. Uno siente que Dios está con
nosotros; porque Dios se manifiesta, lo sentimos, nos hermana, nos hace
vivir una fiesta, nos hace reconciliar entre nosotros... Bueno como yo digo
siempre traer al Señorcito siempre es motivo de fiesta, de juntarnos todos, de
estar contentos, de vivir”.[30]
Los reza-baile son así expresión de la fe inculturada en un pueblo y una
tierra que se define por el canto y el baile. Por eso, si bien se rezan rosarios
y alabanzas, la gran oración que el promesante ofrece es el
baile:
“Bailarle
es demostrarle la fe, en nuestra zona así se demuestra la fe, pues quizás
antiguamente no existía una forma de expresar a través de palabras, sino que lo
expresaban por baile o por el canto.” “La promesa se paga con chacareras, con
gatos; la música propia de aquí”[31]
El predominio de la danza subraya la posición central y espontánea del
cuerpo humano en la fiestas populares campesinas. Usar el cuerpo para entrar en
contacto con lo santo es algo propio del reza-baile. En la cultura popular el
elemento material y corporal es un principio profundamente positivo, que no
aparece bajo una forma egoísta, ni separado de los demás aspectos de la vida.[32]
Cuando en las entrevistas se pregunta por qué se organiza una fiesta para
un crucificado inmediatamente ellos responden desde su
experiencia:
“Las
cosas malas que nos pasan es como estar en la cruz, y por eso buscamos la
fiesta; vamos al encuentro de Dios y de los hermanos. Para mí cuando escucho las
alabanzas es revivir la muerte y resurrección de Jesús. Es volver a nacer, a
revivir lo que Dios quiso hacer. El se entregó a la muerte para salvar la vida.
La vida es linda y hay que vivir bien, de buena manera... Las cosas de este
mundo nos desgastan y en la velada del Señorcito revivimos, nos renueva. El
sentir a Dios con nosotros nos renueva. Hay cosas que dan muerte, la situación
económica actual, muchas veces nos sentimos castrados con esta situación, cuando
no nos vemos como hermanos... En la fiesta nos renovamos, nos reconciliamos con
el hermano, nos contamos cosas ... Primero esta el sacrificio de ir a buscarlo,
la oración, etc., pero es para hacer la fiesta ”. "Bueno yo pienso que primero
es el sacrificio, la tristeza, pero como es el mismo Dios el que resucita es
como signo de alegría por eso le hacemos el reza-baile, fiesta como signo de
alegría".[33]
El aspecto regenerador de la fiesta popular está en sintonía con la
imaginación pascual que posibilita a los "crucificados de hoy" ser reconfortados
y experimentar como suyo el triunfo de Jesucristo.
II. Como toda forma
histórica de inculturación del evangelio, la devoción al "Señor de los Milagros"
es precaria y limitada.
Las relaciones asimétricas, y en especial con respecto a la mujer,
existen también entre los mismos pobres y devotos. Por ejemplo, la realidad de
la violencia familiar y sexual sigue presente y silenciada. Los espacios de
ayuda mutua entre mujeres pobres son recientes, así como la reflexión desde la
perspectiva de género. Parece un desafío fundamental seguir trabajando desde la
oralidad sus historias de vida y sus experiencias
religiosas.
El poder regenerador y liberador de la devoción se ve limitado a la
salvación inmediata de las situaciones de angustia e incertidumbre. Desde la
tarea evangelizadora se puede favorecer una práctica crítica que haga abierto el
protesto simbólico presente en la misma devoción al "Señorcito" y un trabajo
político-pastoral que fomente el protagonismo de las comunidades populares desde
su propia visión de mundo, con su imaginario y paradigmas.
En el imaginario de los devotos aparece la necesidad de "pagar" y de
"cumplir", una imagen de Dios que cobra y castiga. Profundizar una lectura
liberadora de la Palabra de Dios, que fortalezca la experiencia gratuita del
evangelio en medio de estas comunidades es un desafío actual.
III. Seguramente la devoción al "Señor de los Milagros" presenta
mayores riquezas, límites y ambigüedades de las mencionadas aquí. Este es un
primer acercamiento que debe ser profundizado. Durante el trabajo quedaron
planteadas dimensiones a ser retomadas por una futura reflexión misionológica:
la oralidad presente en la cultura popular y su contribución a la teología; el
lenguaje simbólico, gestual y festivo así como el imaginario de las comunidades
populares; la perspectiva de género y la problemática de la mujer en el mundo
popular; la diversificación de ministerios y el protagonismo real de los pobres
en la Iglesia y en la sociedad. Cada uno de estos aspectos están exigiendo de la
teología abrirse al diálogo interdisciplinar y una mayor inserción de los
teólogos-as en la vida de las comunidades populares.
En esta disertación quedó de manifiesto, en especial, el desafío que para
la teología cristiana representa la oralidad de la religiosidad popular, por
basarse esta primera fundamentalmente en un libro (la Biblia) y en doctrinas
escritas (dogmas, liturgias prescritas). En la religiosidad popular reluce
siempre una gran libertad hermenéutica; no existe una última palabra en la
interpretación de las devociones populares.
Profundizar en estas dimensiones ayudará a la "aproximación del
otro-pobre" que el paradigma de la inculturación propone. La fe de los pobres,
como lugar teológico, continúa siendo un desafío para la misionología
latinoamericana. Para "descubrir" y "reconocer" el valor de la fe popular se
necesita, en primer lugar, "saber mirar y escuchar" como
Jesús.
El texto del evangelio de Marcos acerca del óbolo de la viuda revela a
Jesús que sabe "mirar", "descubrir" y "reconocer" lo valioso de esta mujer. El
es capaz de "exponer" para los demás discípulos, la sabiduría de esta viuda
pobre. Además este texto bíblico ayuda a expresar lo que a través de esta
disertación se ha "descubierto" y "reconocido" de la devoción al "Señor de los
Milagros":
"Jesús
se sentó frente al arca del Tesoro y miraba cómo echaba la gente monedas en el
arca del Tesoro: muchos ricos echaban mucho. Llegó también una viuda pobre y
echo dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as. Entonces, llamando a los
discípulos, les dijo: "Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que
todos los que echan en el arca del Tesoro. Pues todos han echado de los que les
sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto poseía,
todo lo que tenía para vivir" (Mc 12,41-44)
Las comunidades populares de Guasayán, son como esta mujer viuda y pobre,
que entregan al tesoro de la misión evangelizadora de la Iglesia, su aporte: la
inculturación del mensaje evangélico desde su realidad de vida. Como la moneda
de la mujer viuda, este "evangelio inculturado" pasa desapercibido. Estuvo
escondido y peregrinando en el monte santiagueño por muchos años. Continúa
construyendo el Reino en forma casi secreta por los capilares subterráneos de
barrios, parajes y comunidades.
Las comunidades de Guasayán, como la mujer del evangelio, entregan a la
Iglesia "todo lo que tienen para vivir" ... su fe. Una fe profunda y
festiva, que madura en la pobreza y vence el sufrimiento. Una fe que da
"autoridad" a los pobres. La autoridad que proviene del Espíritu de Jesús
crucificado y resucitado, presente en medio del caminar de su pueblo pobre. Pues
"nadie puede decir ¡Jesús es Señor! sino con el Espíritu Santo" (1Cor 12,3).
[1]
Síntesis de la disertación presentada como exigencia parcial de la Facultad
"Nossa Senhora da Assunção", São Paulo (15.7.1999), para la obtención del grado
de Maestría en Teología Dogmática, con especialidad en Misionología, bajo la
orientación del Prof. Dr. Paulo Suess.
[2]
Obispo y mártir de la Iglesia de la Rioja (Argentina), 6-8-76.
[3]
Cf. SUESS, Paulo. Inculturación.
En: ELLACURÍA, Ignacio/SOBRINO, Jon. Mysterium liberationis. Conceptos
fundamentales de la Teología de la Liberación. T.II.
Madrid: Trotta, 1994, 393.
Idem.
Evangelizar desde los proyectos historicos de los otros. Diez ensayos de
misionología. Quito:
Abya-Yala, 1995, 162-163. Idem. Papel
creador y normativo de la religiosidad popular en la Iglesia. Concilium
206 (1986): 151.
[4]
En
la actualidad, la actividad productiva de las familias campesinas de esta
región, es la cría de caprinos y en menor medida de vacunos, porcinos, aves de
corral y yeguarizos. El 75 % de las explotaciones no superan las 5 hectáreas y
el 25 % restante no pasa de las 50 hectáreas. Se cultivan pequeños cercos no
mayores a las 2 hectáreas, con maíz principalmente, y en menor medida zapallo y
anco, que se destinan al autoabastecimiento familiar y consumo de los animales.
El otro componente destacado del ingreso familiar proviene del trabajo
extrapredial de uno o varios integrantes de la familia. Según el Indec los
departamentos de esta región se caracterizan por "la pérdida de población como
consecuencia de los intensos movimientos emigratorios en los que estarían
involucrando a individuos de ambos sexos". INSTITUTO
NACIONAL DE ESTADÍSTICA Y CENSO (Indec). Situación demográfica de la
provincia de Santiago del Estero. Buenos Aires: Instituto nacional de
estadística y censo, 1998, 38.
[5]
Los datos poblacionales son del Censo Nacional de Población y Vivienda 1991. Cf.
DIRECCION GENERAL DE PLANIFICACION EVALUACION DE PROYECTOS ESTADISTICAS Y
CENSOS. Santiago del Estero. Cartografía departamental. Santiago del
Estero: Dirección General de Planificación
Evaluación de Proyectos Estadísiticas y Censos, 1995.
[6]
La explotación forestal de esta región se realizó por medio de obrajes, o sea,
lugares donde se agrupaban los trabajadores al mando de un patrón para el
desmonte con el hacha, y más en concreto para la explotación del quebracho,
árbol típico de la zona, valorado por la resistencia de su madera, utilizada en
la construcción del ferrocarril. Durante los años 1898-1903 el gobierno de la
provincia de Santiago del Estero vende en sucesivos remates públicos más de
cuatro millones de hectáreas de bosques vírgenes. La adquisición de estas
tierras estaba destinadas a la explotación de los inmensos quebrachales
existentes en la región. Los obrajes representaron el lugar de la injusticia
organizada, usando al hachero y a toda su familia a favor de la "civilización y
el progreso". Cf. DARGOLTZ, Raúl. Hacha y quebracho. Santiago del Estero,
el drama de una provincia. 3°ed., Santiago del Estero: Conciencia Nacional,
1991, 85-132.
[7]
Custodio Angel Sotelo, 17-2-98.
[8]
Clara Sotelo, 15-2-96.
[9]
Resulta interesante esta presencia de una "piedrita" en el origen de otras
devociones del catolicismo popular argentino, así como sus raíces indígenas. Cf.
DUSSEL,Enrique/ ESANDI, María Mercedes. El catolicismo popular en la
Argentina. Cuaderno
5, histórico. Buenos Aires: Bonum,
1970, 101.
[10]
Hercules Sotelo, 15-2-96.
[11]
Catalina Trejo , 17-2-98.
[12]
Cf. PORTELLI, Alessandro. O que faz a história oral diferente. Projeto
História 14 (1997): 25-39.
[13]
Cristian Abaca, 12-2-98.
[14]
Catalina Trejo, 17-2-98.
[15]
Cf. STEIL, Carlos Alberto. O sertão das romarias. Un estudo antropológico
sobre o santuário de Bom Jesus da Lapa-Bahía. Petrópolis:
Vozes, 1996, 59. 289-295.
[16]
En la disertación se desarrolla como núcleo temático la interrelación entre la
devoción y las CEBs, así como las mediaciones que estas comunidades populares
usan para la recreación de su tradición.
[17]
Las comunidades entrevistadas pertenecen a la Parroquia de San Pedro de
Guasayán, parte del antiguo territorio de la Parroquia Nuestra Señora del Carmen
de Villa La Punta, Departamento de Choya, de la cuál el P. Juan Bures fue su
parroco por más de veinte años (1945-1972). El actuaba como misionero itinerante
por las comunidades rurales.
[18]
Catalina Trejo, 17-2-98.
[19]
Idem
[20]
Custodio Angel Sotelo y Narcisa Diaz, 17-2-98.
[21]
P. Raúl Ibarra, 18-8-98.
[22]
Este
abordaje a las fuentes orales y bíblicas, que fundamenta las conclusiones
presentadas en esta síntesis, es desarrollado en la disertación de mi autoría.
El "Señorcito de los Milagros". Un aporte del catolicismo popular
a la reflexión misionológica. Pontificia
Facultad de Teología Nossa Senhora da Assunção: São Paulo,
1999.
[23]
En Argentina, en 1974 el 20 % de los más ricos detentaban el 43,7% de la renta
total, contra el 6,7% de los 20% más pobres. En agosto de 1998, el 20 % de los
más ricos retenían el 53,20% de la riqueza, un récord histórico, contra 4,2%
para los 20% más pobres. Cf.
Folha de São Paulo, 30-5-99. Esta
exclusión no sólo es de los bienes materiales, sino también de los proyectos
políticos y sociales.
[24]
María Romelia Carrizo, 25-11-98.
[25]
Cf.
GEBARA, Ivone. Teología
a ritmo de mujer. Madrid:
San Pablo, 1995, 90-95.
[26]
Mírian Suarez, 25-11-98.
[27]
Custodio Angel Sotelo, 17-2-98.
[28]
Catalina Trejo, 17-2-98.
[29]
María
Romelia Carrizo, 18-2-98.
[30]
María Romelia Carrizo, 18-2-98.
[31]
Hermindo, 25-11-98. María Romelia Carrizo, 18-2-98.
[32]
Cf.
BAKHTIN, Mikhail. A
cultura popular na Idade Média e no renascimento.
3° ed. São Paulo/Brasília:
Edunb/Hucitec, 1996, 17.
Considero
interesante para poder comprender mejor la cultura popular como este autor se
refiere al rebajamiento como “la transferencia al plano material y
corporal, o de la tierra y del cuerpo en su indisoluble unidad, de todo lo que
es elevado, espiritual, ideal y abstracto”.
[33]
Comunidad Las Talitas. Ma. Romelia Carrizo, Julián Trejo, 18-2-98.