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SAN FRANCISCO SOLANO
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HECHOS MILAGROSOS En la mayoría de los lugares donde estuvo cuentan de él hechos portentosos, como sacar con su bastón agua de donde no la había, amansar a un toro bravo que terminó por arrodillarse y lamerle las manos, echar de un trigal a una plaga de langostas, cruzar sobre su manto el caudaloso río Hondo, ensanchar una viga que no era lo suficientemente larga, resucitar a un niño indio, tener la ropa seca después de un fuerte aguacero o predicar al mismo tiempo a miembros de distintas tribus usando un lenguaje que todos entendían. Recién llegado a La Rioja fue invitado a comer a la casa de un acaudalado encomendero. Mientras pronunciaba una oración de agradecimiento por la comida, tomó un pan y lo partió con sus manos, y ante su propia sorpresa manaron gotas de sangre. El fraile se levantó, y antes de retirarse dijo: "Nunca me sentaré a la mesa de un hombre cuya riqueza fue amasada con la sangre de los humildes". Ante lo ocurrido, el hacendado repartió sus posesiones entre la gente del lugar y dedicó el resto de sus días a realizar penitencia. Ocurrió que un Jueves Santo, mientras predicaba en La Rioja, corrió la voz de que una horda de 9000 indígenas se disponía atacar la ciudad. Y mientras todo el mundo corría en pos de armas y tomaba posiciones para la defensa, San Francisco salió con su crucifijo en la mano y colocándose frente a los bárbaros les habló de manera clara y firme, como cuando predicaba. Y así fue que aquellos desistieron y aceptaron el bautismo. En señal de agradecimiento, San Francisco entronizó al Niño Dios como Alcalde de La Rioja, dando origen a la célebre fiesta del Tinkunaco. El capitán Cristóbal Barba de Alvarado da testimonio de que, viajando en funciones de teniente del Gobernador, con el padre Solano y una importante comitiva de españoles e indios, vinieron a encontrarse en peligro grave por la sed. El fraile le dijo: «Señor capitán, caven aquí. Al punto lo puso por obra el capitán. Cavó en la parte y lugar que el padre Francisco le había señalado. Y salió un golpe de agua con la cual bebieron todos los que se hallaron presentes, y las cabalgaduras y animales que traían». Y no fue la única vez que hizo esto. En otra ocasión, supo que los indios querían mudarse del lugar, por falta de agua en la región. Eso pondría fin al apostolado que el Santo estaba haciendo con ellos, pues se dispersarían. Francisco los llamó y les dijo que no había motivo para mudarse, porque allí cerca había una fuente. Fue con los indios incrédulos hasta una área árida, y designando un lugar con su bastón, mandó que cavasen. Brotó una fuente tan abundante, que con el tiempo fue posible, con su agua, mover simultáneamente dos molinos. El padre Solano también mostró siempre una especial amistad con los pajarillos de Dios. El cronista fray Juan de Vergara, compañero suyo, cuenta de él que «todos los días, en aquella doctrina [de Esteco] donde estaba, después de comer, se iba a un montecillo que allí cerca estaba, desmigajando un pedazo de pan, que era el ordinario sustento que les llevaba. Llegábanse tantas aves sobre el siervo de Dios, que era cosa maravillosa. Y estaban sobre su cabeza, hombros y manos hasta tanto que les echaba su bendición. Y entonces se iban». Otro compañero del Santo, fray Alonso Díaz, refiere que, yendo con él de camino, hallaron una paloma herida por algún zorro: «El padre Solano, habiéndola visto así maltratada y herida, con sus propias manos la curó, juntándole los pellejos que tenía desgarrados, los untó con un poco de sebo, y le echó la bendición». Más tarde, ya llegados a su destino, fray Alonso «vio muchas veces que la paloma se le asentaba en el hombro al padre Solano; y le daba de comer en la mano, y se volvía a su palomar. Y conoció que era la propia paloma que el padre Solano había curado en el camino». Otro día, en San Miguel de Tucumán, un embravecido toro abandonó la arena y se abalanzó por las calles. Los pobladores desesperados llamaron al misionero y éste, enfrentando a la bestia alzó un brazo y la apaciguó hablándole con voz suave pero firme, reprendiéndolo por su maldad. El toro bajó la cabeza, se le acercó y le lamió las manos mientras se dejaba conducir de regreso al corral. Debido a este hecho, San Francisco Solano fue declarado patrono de los toreros. Después de muerto, San Francisco regresó al mundo (1692) para advertir a los pobladores de Esteco que, de persistir en el pecado, su ciudad sería destruida, tal como ocurrió.
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